Monday, September 30, 2013

Basta de granjerófilos, volvamos a Jared

Después de extenuantes vueltas al mundo de la mano de Oppenheimer, Mithen y Bellwood, Jared, te queremos decir que te queremos, y volvemos a tu amable prosa. Octubre: partes 1, 2 y 4 (lo demás es opcional) del clásico de los clásicos, Guns Germs and Steel. A la derecha de su pantalla, señora. De momento lo pongo acá, porque no me está funcionando el panel de la derecha.

Como todo comentario de Bellwood va la foto de Wikipedia de un hombre con pellagra. Eso podía ocurrir por pasar de una dieta de mamífero (carnes, hojas, frutas) a comida de pajarito (cosas como mijo, por ejemplo, o maíz). Una dieta a base de maíz sin tratamiento previo con lima (como aprendieron a hacer algunas tribus del Nuevo Mundo, según nos cuenta Bellwood, y también John Durant en el libro que regalé en el post anterior) era deficiente en niacina, o vitamina B3. Esta enfermedad era muy asesina en zonas como los estados pobres de USA, donde se comía maíz sin tratamiento previo. Fuente Wikipedia, claro.

Pellagra NIH.jpg

Digo todo esto en caso de que hayas leído a Bellwood y te hayas enamorado de esos First Farmers que  él idolatra y que desplazaron a los cazadores recolectores y se quedaron con sus tierras y sus mujeres. Como los Sapiens con los pobres Neander... la historia escrita por vencedores.

Debo posts de contribuidores, ya vendrán. Recuerden que todos los que están registrados pueden ingresar a la página y postear directamente.

Thursday, September 26, 2013

Un regalito para los compañeros de ruta

No pongo el nombre del autor, que es mi amigo y me puede retar. Pero así como Aristóteles decía "Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad"; soy amigo de John, pero soy más amigo de sus verdades. Con ustedes el manifiesto paleo. Dénle una mirada.

Creo que el libro de octubre será Diamond, Jared: "Guns, Germs and Steel". Posiblemente partes.

Tuesday, September 10, 2013

Saudades mesolíticas

por Ignacio Márquez

Indeed, qué viaje melancólico, y extenso, el de Lubbock. Apenas logré terminar la recorrida por Western Asia y Europa. Me hubiera gustado leer sobre las Américas, a las que por lo general hemos visto menos -tal vez por el hecho de ser el continente “joven”, as far a human presence is concerned- y, muy especialmente, llegar al resto de Asia, por todo lo que leímos en Oppenheimer. Me convenció un comentario que leí por ahí que decía que los demás capítulos eran un poco repetitivos. Además, diré la verdad: la saudade mesolítica de Mithen, de a ratos, me abrumaba.

De cualquier manera, el libro está bien y aunque a veces peque de un afán enciclopedista medio excesivo, precisamente por eso está repleto de detalles y descripciones de todo tipo y me cansé de googlear, en paralelo a la lectura, sitios de excavaciones arqueológicas y nombres de antiguos asentamientos humanos.

Algunas cosas que me dejó este viaje parcial junto a Lubbock:

  • La influencia de los cambios climáticos en el devenir de nuestra especie es imposible de subestimar. Fundamental, decisiva. Ya habíamos visto en otros libros cómo la evolución de la línea humana estuvo inseparablemente ligada a las sucesivas transformaciones en el clima; en particular, a esos ciclos stop-and-go de glaciación y calentamiento. El gran mérito de Mithen, me parece, es arrancar el libro con el gráfico hermosamente simple de variación climática en los últimos 20.000 años para luego mostrar, región por región, cuán íntima fue la relación entre el mejoramiento del clima y la enorme transformación cultural y tecnológica del Neolítico, transformación que, en definitiva, se produjo en una ventana de tiempo relativamente "corta". Es fácil, creo, para los que nacimos en el calentito Holoceno, (mal) acostumbramos a creer que somos una especie súper poderosa e invulnerable y olvidarnos de la ayudita decisiva que nos dio el aumento constante de la temperatura de hace unos 11.000 y pico de años.
  • Otro mérito, creo, si bien a veces se torna un poco repetitivo, es poner bastante énfasis en describir la espiritualidad de las gentes que toca el libro. Es posible, y el propio Mithen lo reconoce, que en muchos casos se trate de hipótesis difíciles de comprobar. Pero en general logran el efecto de pintar un cuadro mucho más profundo y complejo que la imagen de seres simples y rudimentarios que se suele tener.
  • No sé cuán accurate sea científica o académicamente, pero a efectos expositivos me gustó mucho la comparación entre el ser-humano-como-extensión-de-la-naturaleza y el ser-humano-como-transformador-del-entorno para explicar el cambio fundamental de paradigma entre el Paleolítico y el Neolítico. Seguramente sea una cuestión de grados, y no todos los casos sean iguales, pero es fácil imaginar al homo sapiens pre-agricultura como una parte integral de su entorno natural, más o menos a la par del resto de las especies, y al homo sapiens post-agricultura como un ser autoconsciente de su posición predominante, algo así como un centro alrededor del cual gira todo lo demás. El cambio de estilo arquitectónico en favor de construcciones rectangulares, en detrimento de los más "naturalistas" asentamientos circulares, probablemente no sea casual ni anecdótico.
  • Aprendimos sobre Doggerland, el paraíso perdido del Mesolítico. Sobre el período en particular, noté en Mithen una añoranza especial por esta época de temperaturas agradables y abundancia de recursos desprovista de los "traumas" y de las nuevas exigencias que traería el Neolítico. De cualquier manera, es interesante pensar que la invención de la agricultura probablemente haya sido una derivación natural de las condiciones que surgieron durante el Mesolítico: mejor clima, más abundancia y diversidad de especies, nuevas técnicas asociadas a los cultivators de jardines naturales y, muy en especial, mayor presión demográfica.
  • Siempre me sorprende la velocidad de adopción de la agricultura y lo rápido de los cambios subsiguientes (ojo, digo esto con la salvedad preventiva de haber leído solamente sobre el Creciente Fértil y Europa). Es como si después de un letargo largo y bastante uniforme le hubiesen inyectado adrenalina a la Historia. No me quedó muy claro qué pasó después de ese primer envión de agricultura y cría de animales; el panorama que cierra el capítulo sobre Western Asia es bastante sombrío: deforestación extrema, pueblos abandonados, suelos exhaustos. ¿Fue así hasta que, progresivamente, se colonizó toda la tierra cultivable? No creo, y no me cierra, especialmente porque el capítulo termina en alrededor de 6000 AC. 
  • Me pareció increíble la utilización de evidencia genética para tratar de determinar si los cazadores-recolectores europeos pre-agricultura fueron los antecesores de los europeos actuales o si, por el contrario, fueron devorados (not literally, justamente) por farmers provenientes de otras latitudes. Resulta que hubo mucho más mingling y asimilación de lo pensado, por lo menos en Europa.

Antes de entrar a las primeras granjas, una pequeñita recomendación. Soy medio fan de googlear en paralelo a la lectura, así que termino con un par de sugerencias que se me ocurren ahora: busquen imágenes de Çatalhöyük y Göbekli Tepe, o mapas de Doggerland.

Saludos mesolíticos.

Saturday, September 7, 2013

Memorias del deshielo


por Claudio M. Iglesias

Un jardín de plantas semisilvestres da semillas en un valle soleado. La jardinera avispada prefiere la semilla dura, reticente a los pájaros, y de maduración más rápida. (Los pájaros, notoriamente, le llevan la contra en la preferencia.) Una tableta le indica qué plantas esperan en las distintas partes del jardín y qué necesitan. No es una comunidad tecnohippie en alguna serranía californiana; no hay domos geodésicos, sino construcciones circulares de barro y piedra, que se acomodan de mala manera formando un patrón irregular con otros jardines, en una especie de suelo aluvial. La tableta es de arcilla: un mapa del jardín, dividido en zonas detalladas. De obsesiva nomás, la doña acabará por convertirse en cómplice necesario de la reproducción del yuyo--tan invulnerable su semilla, que ni siquiera sabe caerse sola y germinar; la despotenciada semilla ahora necesita que vengan a cosecharla. Esta es la escena central a cuyo estudio se aboca Steven Mithen: una escena de cándido abuso mutuo entre vegetales y humanos, que daría forma, entre los primeros, a un tipo artificial de cereales (llamados domésticos) y entre los segundos, a la escalada demográfica y la forma de organización vinculada al surgimiento del estado. La escena ocurre en algún lugar de la Mesopotamia en el deshielo que sigue al último pico glacial, cuando el clima se templa y la jardinería de cereales se convierte en una opción viable frente a la recolección de frutos y el benemérito venado.

Pero antes de la explosión demográfica, antes de los coágulos de casonas de barro, los graneros, los gobiernos, los primeros basurales y las caries (el verdadero beneficiario de la revolución verde), una enorme placa de hielo se zafa y cae redonda en el océano ártico. Las temperaturas marítimas bajan, reteniendo las nubes; las corrientes cambian de rumbo y con ellas los vientos. Nuevamente, seca y helada. Y venado, que sigue cruzando en manadas las grandes avenidas de los valles mesopotámicos, pero cambiando la ruta cada vez. Tras ellos, los cazadores recolectores vueltos al ruedo. Alguno, emprendedor o nostálgico, con una bolsita de trigo colgada de la cintura.

El ir y venir de venados, humanos, semillas, temperaturas medias y precipitaciones anuales dio forma al abigarrado mundo del neolítico temprano, en el que no había lugar, todavía, para la alfarería ni la burocracia. Mithen cuenta la historia entrecruzando tres puntos de vista: el suyo, saturado de evidencia arqueológica, discusiones en congresos, viajes de campo y tardes de cerveza en la playa con sus estudiantes de posgrado; el relato original de Sir John Lubbock, el erudito victoriano que inventó la Edad de Piedra poco antes de que Marx publicara el primer volumen de El Capital; y un hipotético John Lubbock contemporáneo transplantado al sol primal del Neolítico, para dar color a las hipótesis de Mithen y discutir las de su tocayo histórico. After the Ice, como indica su subtítulo, tiene un alcance global; y su triunvirato de protagonistas recorre quince mil años de historia, además de contar la biografía intelectual de su autor (mediante digresiones nostálgicas al trabajo de campo y las cervecitas con lxs chicxs). Por planetario, por exhaustivo, por nostálgico, el libro cambia riqueza ensayística por foco explicativo. El relato argumentado del trigo que va dejando paso al Estado bajo la mirada atónita de los pájaros se pierde en una infinidad de escenarios, épocas climáticas y puntos de atención: la tradición artística de la pintura en cavernas, la historia geográfica de Estados Unidos, los patrones de población del continente americano, el apogeo y el destino de la megafauna, junto a las discusiones arqueológicas y esas cervecitas que ya no volverán, le complican la concentración al lector. Pero no le quitan mérito, ni interés, al afán de cargarse una mochila y quince mil años de la evolución social y ecológica.